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Amores perros

Por Carolina Aguirre.- Zona SPMCuando tenía ocho años, el doberman de una familia vecina me mordió la frente. Me dejó dos pequeñas cicatrices escondidas como cuernos en bajorrelieve detrás un flequillo que no pude cortarme hasta los doce.
Desde ese día los perros y yo estamos peleados. Cuando nos encontramos, ellos me ladran y yo cruzo de vereda. Y si no puedo, repito “San Roque San Roque que ese perro no me mire ni me toque” como una maniática. Nada más. Esa es toda nuestra relación.
Yo sé que mi enojo es un enojo injusto, arbitrario y emocional; que el perro no tiene culpa de nada. Pero convengamos que son animales pesados. Son cariñosos, pero también unas bestias dependientes y cargosas que se te tiran encima de la gente, tienen olores, no hacen caca en las piedritas y como si fuera poco, hacen un ruido infernal.
No hay nada más molesto que un perro de barrio ladrando como una sirena afónica durante toda la noche. O nada más asqueroso que un perro chorreando un hilo de baba grueso como una soga sobre tu pantalón. O más irritante que un perro chiquito y vestido ladrando con voz de pito en la entrada de un edificio. Pero malos, lo que se dice malos, no son, aunque me hayan cagado a mordiscones en el pasado.
Lo primero que me molesta de la gente con perro es que no entienden que su perro no es mi perro. No piensan que a mí quizás no me guste la saliva olorosa de su mascota impregnada en mi pantalón. Lo llevan suelto como si todos estuviéramos ansiosos porque nos ladre, nos mee la vereda o se nos tire encima para jugar.
Yo los entiendo. Ellos lo ven como el cachorro juguetón que duerme ovillado a sus pies por las noches, como un peluche cariñoso, como un hijo adoptivo ¡Pero para los demás es un boxer macizo como una mesa de living! ¡Es un depredador, un cazador de gatos, un serrucho de carteros! ¡La gente normal le tiene miedo! ¡No me digan “no muerde” mientras el perro me gruñe y me muestra los colmillos! ¡Ningún perro muerde antes de morder al primero!
Cada vez que salgo a la calle, no importa qué recorrido haga, soy protagonista de la misma escena. Una persona pasea despreocupada un perro inmenso, que apenas me ve, se me tira encima, excitado y baboso, para que le toque la cabeza. Ante mi cara de pánico, el dueño grita: “No hace nada” o “Bobby, vení para acá”. Pero jamás de los jamases el animalito le hace caso y para cuando el dueño lo viene a agarrar, yo ya estoy mojada, tengo olor a alimento balanceado, y estoy al borde de un paro cardíaco!
Otra cosa que odio son los paseadores de perros. Ocupan toda la vereda con ese racimo de animales y los peatones tenemos que atravesar esa jauría irregular para pasar del otro lado. ¡Estamos en una ciudad! ¡Cómo yo voy a tener que abrirme paso entre veinte animales para pasar! ¡Esto no es el zoológico de Cutini ni el Africa, por Dios! ¡Que los lleven en combi a una plaza! ¡Si me da miedo un perro, imagínense veinte juntos!
Y eso no es todo. Hay algo peor: la gente se compra un perro y lo deja solo durante el día en su departamento, o los fines de semana en el fondo. ¿Por qué los vecinos, (que no nos compramos un perro, que no nos gustan los perros, que no queremos escuchar un perro) tenemos que padecer sus ladridos agónicos de soledad ? ¿Quién me consuela cuando escucho al pobre animal desesperado por un mimo en un sucucho de latón en el jardín vecino? ¡Es como ver a un nene muriéndose de hambre delante mío! ¡Y además quiero dormir! ¡Quiero leer! ¡Quiero vivir como debería vivir: como una persona que no tiene perro!
Dicen que el mundo se divide entre personas “de gato” y personas “de perro”. Yo no sé si eso sea cierto, pero si es, yo soy de las primeras. ¡Me encantan los gatos! Son elegantes, independientes, inteligentes, graciosos, pero además, son respetuosos: mi gata no molesta al vecino, no muerde a otros gatos, no ladra por la noche, no babea desconocidos y lo que es más importante, deja que cada uno se peine como quiera. Con o sin flequillo. Contacto: bestiaria@gmail.com 12/05/2008

 
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