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Hambre, o finanzas para pobres 1
“Mientras tenga aceite, un escritor no se muere de hambre”.
—Émile Zola (1840-1902)

Por Gabriel Valtierra imageKnut Hamsun publicó en 1890 la deprimente/esperanzadora novela Hambre, y yo, previniendo el hambre de la tarde de este domingo 24 de mayo de 2009, logré hacerme de, con tan sólo veinte pesos: 1 pedazo de hígado de res, 1 cebolla diminuta y 1 frasco pequeño de café. Apretando bien todo eso en la bolsa de mandado, y dándole la forma adecuada, lograría metérmelo en el culo sin problemas. Pero para qué quiero eso. Bueno, para demostrar que es muy poco. Duro es mi acontecer, pero ante lo que describo levanto mi ánimo con la siguiente escena: un académico inmerso en la investigación de los efectos del desempleo en el espíritu de la gente, toca a mi puerta y me pregunta que si tuviera yo la oportunidad de viajar en una hipotética máquina del tiempo para deshacer mi renuncia a la universidad, lo haría, entonces, yo le contesto lo siguiente: ¿ESTÁ USTED LOCO? El hambre es mucho más preferible que un par de golfas pateándome las bolas.
La aritmética arroja que con 60 pesos diarios puedo tener tres versiones siniestras del Happy Meal de Mc Donald’s, lo que yo llamaría un Sad Meal (una comida entristecida) que en realidad no es mi invento, pues ya la comercializó por 39 pesos Kentucky Fried Chicken. Otros lugares de comida rápida tienen meses ya haciendo lo mismo. La porción miserable sigue siendo tan melancólica como en casa, pero lleva caja y servilletas, lo que lo hace más triste. Este negativo del Happy Meal, expone que el costo real de los alimentos no es mucho, porque incluso rebajando los precios los restaurantes lucran. Conjeturemos que si el costo de producción de un Sad Meal es de veinte pesos, a un precio de treinta y nueve siguen ganando diecinueve pesos, pero las franquicias son proveídas en grandes volúmenes, por lo que el costo de producción de una comida triste debe ser de siete u ocho pesos. La comida nunca nos la van a regalar, lo acepto, pero sí reniego de que sea imposible procurarse la comida sin intermediarios. He pensado en irme de cacería de pichones a un parque, pero estoy seguro que se me echará encima la policía.
Son entonces cuatrocientos ochenta pesos lo que cuesta mantenerme alimentado. Y no muy bien alimentado. Por supuesto que una dieta de hígado encebollado veintiuna veces a la semana puede llevarnos a pesadillas horrorosas de establos apestosos a buey y a sucios rastros clandestinos chorreantes de sangre, pero aquí se trata de sobrevivir. Pero pasa que no cuento con los cuatrocientos ochenta pesos de la cuenta, sino con el subsidio de doscientos pesos semanales de mi hermano y cien pesos que me paga por mi prosa elegante un periódico sensible de Alvarado, Veracruz. Es decir: cuento sólo con trescientos pesos semanales. Tengo un déficit de ciento ochenta pesos que no me permite aspirar a una alimentación suficiente. Mi necesidad alimenticia no se cumple, por ello no hablemos de necesidades sexuales ni de cariño, porque cuando el dinero falta, la puñeta es la mujer, lo que una sopa Maruchan a un restaurante. We know.
¿Qué hacer entonces? Lo primero es no llorar. Porque al que se arruga, Dios no lo ayuda. Dios detesta a los cobardes. Me lo dijo anoche que me acosté mareado por no cenar. Segundo, olvidémonos de los lujos por un momento. ¿Por qué siempre tiene que ser hígado? ¿Estamos enamorados acaso del complejo B? No. Giremos nuestra mirada a otros rumbos, ¿qué les parece Italia? Perfecto, ya nos vamos entendiendo, entremos al territorio de la pasta, aquella que puede conseguirse en grandes bolsas en la cosmopolita, Sólo un Precio. Con once pesos tenemos un paquete de 822 gramos. Con siete pesos y diez centavos más, una deliciosa barra de 90 gramos de mantequilla Eugenia. Con ese dúo dinámico podemos preparar hasta CUATRO comidas consistentes en puro carbohidrato y un mínimo de grasas de origen animal, donde casi todo se transformará más tarde en glucosa, el alimento favorito del cerebro. Es inevitable que con esta dieta que propongo de hígado, pasta y huevos —que los huevos los tocaremos más adelante— no estemos cumpliendo al cien por cien con nuestras necesidades nutricionales, pero siempre queda la posibilidad de robarse un frasco de algún complejo multivitamínico en una Benavides. (Abra el frasco y tire discretamente las pastillas en uno de sus bolsillos).
Ahora que es difícil escaparse de la pérdida de peso con esta dieta. Sin embargo los huevos pueden ayudar. Por la cantidad de cincuenta y tres pesos puede adquirirse una cartera Bachoco con treinta huevitos en ella. La proteína del güevo es la de más alto valor nutricional, es decir, la más asimilable por el cuerpo humano. Así que si usted está económicamente en malas condiciones como yo: ¡métale también los huevos! Claro, delicadamente, no se vayan a romper.
Y bien, ya que incluí los huevos, la ecuación de supervivencia completa sería la siguiente: huevos + hígado + pasta + mantequilla + aceite + café + sal + garrafón de agua = supervivencia. E=MC2, donde la cantidad de Espermas es equivalente a la cantidad calórica ingerida en una Malteada de Chocolate al cuadrado. Alcanzamos con trescientos pesos una alimentación que pasa siempre por la fila rápida del supermercado, y si heroicamente nos amarramos un poquito más la tripa, hasta nos sobra para dos caguamas Victoria de a veinte pesos cada una. Esto es un lujo semanal y un adelanto del posible sabor de la gloria. ¿Por eso le habrán puesto así? ¿Victoria? Quiera Dios que luego de esas dos caguamas no me dé el efecto Alejandro Fernández. No, porque estoy cherry.

Macario, o las ensoñaciones de B. Traven
Ignacio López Tarso protagoniza la adaptación fílmica de Macario (1959), relato adaptado de Bruno Traven, escritor alemán muerto en México. Les confieso que muchas veces me he sentido yo como Macario en la película, sobre todo en la escena donde su mujer le sirve frijoles a todo su plebero y él se queda triste atestiguando la escasez, pero me identifico más con las ganas de Macario de comerse un guajolote él solamente. Como descendiente de inmigrantes vascos e indios chupapucha, este relato me llevó a mi padre, que me contaba que cuando era muy niño, y allá en el rancho de la familia en Guanajuato, le tocó también padecer hambre junto a su familia, pues sus tierras eran de temporal. Dice que mi abuelo cuando comía le aconsejaba a mi abuela que engañara a la tortilla. Es decir, mi abuelito arrimaba la tortilla a los frijoles o al molcajete nomás para darle sabor, o a veces sin llegar a tentar la comida, para enseguida meterse la tortilla a la boca y pegarle la mordida. No cabe duda que el hambre lo introduce a uno a curiosas situaciones. Si no, revisemos los anuncios del Clasificado en La Voz de la Frontera.

Continuará...


Advertencia: “La Mala Palabra” está escrita con hambre. Presenta trazas de ficción y/o de cacahuate. No se la tome literalmente. [Versión del lunes 25 de mayo de 2009. 8:43 p.m.].


28/05/2009

 
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