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Droga: perdemos la guerra
Por Fernando Henrique Cardoso

imageUno de los temas más difíciles del mundo contemporáneo es qué hacer con el consumo de drogas.
Ante la evidencia de que no estamos teniendo éxito en la lucha contra el tráfico ilegal de estupefacientes, ¿no habrá llegado el momento de cambiar de enfoque?

Existen algunas comprobaciones bien establecidas sobre esta cuestión. Si bien es verdad que siempre ha habido consumo de diferentes tipos de drogas en culturas muy diversas - aunque no en todas - no es menos cierto que, en general, dicho consumo se ha dado en ámbitos restringidos y socialmente reglamentados, principalmente en ceremonias rituales.

No es éste el caso contemporáneo. El uso de drogas se ha difundido en varios niveles de la sociedad con motivaciones hedonísticas - en la mayoría de las veces, sin aprobación social. No obstante, dependiendo de la droga, hay cierta indulgencia hacia los usuarios.

Se sabe también que todas las drogas son nocivas para la salud, incluso las lícitas, como el alcohol y el tabaco. Y que algunas son más nocivas que otras, como la heroína y el crack. La discusión sobre si el consumo de drogas suaves induce al de otras más fuertes es una cuestión médica en la que no hay consenso.

Para fines de política pública, lo importante a considerar es que las drogas tienen consecuencias negativas tanto para el usuario como para la sociedad, y que reducir al máximo su consumo debe ser el objetivo principal.

La discusión, por tanto, gira en torno de las estrategias para alcanzar el mismo objetivo. Hasta ahora, la estrategia dominante ha sido la llamada "guerra contra las drogas". Fue bajo su amparo, sustentado fundamentalmente por Estados Unidos, que Naciones Unidas (ONU) ha firmado convenios para generalizar la penalización del uso y la represión de la producción y del tráfico de drogas.

Transcurridos 10 años, la agencia de la ONU dedicada a las drogas se reunió el año pasado en Viena para evaluar los resultados obtenidos en la "lucha contra las drogas".

Simultáneamente, en Europa y en América Latina, comisiones de personalidades independientes hicieron lo mismo, apoyándose en análisis elaborados por especialistas. Junto con los ex presidentes de Colombia y México, César Gaviria y Ernesto Zedillo, respectivamente, yo copresidí la comisión latinoamericana.

Nuestras conclusiones fueron simples y directas: estamos perdiendo la guerra contra las drogas. Y, seguir con la misma estrategia, sólo lograremos trasladar campos de cultivo y sedes de carteles de unas regiones a otras, sin reducir la violencia y la corrupción que produce la industria de la droga.

Por lo tanto, en lugar de insistir irreflexivamente en la misma estrategia, que no ha conseguido reducir la rentabilidad y consecuentemente el poderío de la industria de la droga, ¿por qué no cambiar el enfoque?

¿Por qué no concentrar nuestros esfuerzos en la reducción del consumo y la disminución de los daños causados por el flagelo personal y social de las drogas? Eso sin descuidar la represión, pero dándole atención a combatir el crimen organizado y la corrupción, en lugar de echar en prisión a muchos miles de usuarios de drogas.

En todo el mundo se observa un distanciamiento con respecto del modelo puramente coercitivo, incluso en algunos estados de la Unión Americana. En Portugal, donde desde 2001 rige un modelo basado en la prevención, la asistencia y la rehabilitación, los críticos decían que explotaría el consumo de drogas. No fue eso lo que ocurrió. Por el contrario, hubo reducción, en especial entre jóvenes de 15 a 19 años. Sería simplista, empero, proponer que aquí imitáramos las experiencias de otros países sin mayores consideraciones.

En Brasil no hay producción de drogas en gran escala, excepto de marihuana. Lo que existe es el control territorial por traficantes que básicamente se abastecen en el exterior. Dadas la miseria y la falta de empleo en las ciudades brasileñas, se forman amplias redes de traficantes, distribuidores y consumidores, que reclutan con facilidad a sus miembros. El país se ha convertido en un gran mercado consumidor, alimentado principalmente por las clases de ingresos medios y altos, y ya no es sólo ruta de paso del tráfico. Mientras haya demanda y rentabilidad al alza, será difícil detener la atracción que ejerce el tráfico sobre una masa de jóvenes, muchos de ellos casi niños, procedentes de las capas pobres de la población.

La situación es terrible. El miedo impera en las favelas. Los jefes del tráfico imponen sus propias reglas y "sentencian", incluso a muerte, a quienes las violan. La policía, con sus excepciones, o se "arregla" con el tráfico o, cuando entra, es para matar. Las "balas perdidas" pueden salir de la pistola de un bandido o de un policía. Para la madre de la víctima, muchas veces inocente, da lo mismo.

En cuanto a la justicia, ésta no llega a tomar conocimiento del asesinato. Cuando el usuario es aprehendido, sea o no distribuidor, pasa un buen tiempo en la cárcel, pues el alegato policial siempre será que llevaba más droga de lo que está permitido para consumo individual. El resultado es que el usuario será condenado como "mula" y ya que éste, al salir, será estigmatizado y no tendrá ofertas de empleos, volverá a las redes de las drogas.

Es ante esta situación que se imponen cambios.

Primero, el reconocimiento de que si hay droga en las favelas y entre los jóvenes de las ciudades, el comercio rentable de la droga se obtiene en el medio urbano. Es el consumo de las clases medias y altas lo que proporciona el dinero para el crimen y la corrupción. Todos somos responsables.

Segundo, ¿por qué no "abrir el juego", como hicimos con el SIDA y el tabaco, no sólo por medio de campañas públicas por televisión, sino también en la conversación cotidiana de las familias, en el trabajo y en las escuelas? ¿Por qué no utilizar la experiencia de aquellos que, en prisión o fuera de ella, pueden testimoniar de lo ilusorio de la euforia de las drogas?

No hay recetas ni respuestas fáciles. Se puede despenalizar el consumo, dejando al usuario libre de la prisión. Las experiencias mejor ocurridas han sido las que vienen en nombre de la paz y no de la guerra: Es la policía pacificadora de Río de Janeiro, no la que mata, la que lleva esperanzas a las víctimas de las redes de la droga.

Hay proyectos en el congreso y en el gobierno de Brasil para evitar la extorsión de los usuarios y para distinguir graduaciones de las condenas entre los bandidos y sus víctimas, incluso cuando éstas sean "mulas", desde que sean reos primarios.

Fernando Henrique Cardoso es sociólogo y escritor. Fue presidente de Brasil de 1995 a 2003

Traducido por Jorge L. Gutierrez

Distribuido por The New York Times Syndicate
06/01/2011

 

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