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Basura

Por Gabriel Valtierra.- image Solamente paso tres días por semana en mi departamento de Mexicali, y cuando llega el momento de lavar los trastes, la ropa, sacar la basura y sacudir el polvo, quedo de verdad asqueado de mí mismo.
Me asqueo y me asombro, no entiendo como un soltero puede producir tanta bazofia, enseguida me pongo a pensar en los millones de seres humanos que existimos y me horrorizo, ¿a dónde va a parar tanta endemoniada basura? ¿Por qué somos tan cerdos?
Apenas me desaparezco el fin de semana para vender mis licuadoras y cuando regreso lo primero que me trastorna es el polvo. Ese polvito hostigoso de Mexicali que bajo el microscopio debe llevar fertilizante y popó de perro. Luego reviso si tengo ropa limpia y no tengo. Meto todo en un costal y corro a la lavandería. Aprovecho la noche para lavar los trastes. Regreso de trabajar para limpiar. Es un misterio. Un hombre solo, de buenos hábitos, higiénico, necesita urgentemente una sirvienta para poder ocuparse de la literatura. En mi departamento de dos cuartos y un baño, se multiplica fantásticamente la basura.
Por esto de la limpieza, entre otras cosas miserables, como paranoia e intolerancia, vivo solitario. Escogí la vida del anacoreta. Y es que acabé mal mi vida de universitario por la falta de limpieza. Mal de los nervios, con irritabilidad cuando se toca el tema “vivir con alguien”. Encontrar en aquél tiempo glorioso de joven universitario a un único compañero de cuarto o de departamento que fuera limpio era ganarse la lotería. Y soñar con ganarse la lotería sabemos que aquí y en China se llama de manera fea. Así que cuando creemos que compartir la renta con un joven mexicano común nos ayudará llevar los gastos, nos resulta lo contrario. El costo mental es terrible. Digamos que son el tipo de compañeros que están al acecho de los platos que uno lava, de nuestras salidas a la lavandería para enjaretarnos un par de pantalones y tres camisas, dos calzones, un par de calcetines. Cuando las obligaciones son asignadas, ellos barren escondiendo la tierra debajo de los sillones y la alfombra, trapean con agua apestosa y dejan hecho un desastre la mota del trapeador. Los platos que suponíamos limpios por húmedos y brillantes en el secador, resultan con costras de huevo cuando deseamos servirnos los alimentos; en fin, todo lo que hemos visto en las caricaturas ocurre en una semana de convivencia con una persona mal educada. Es decir, una persona poco independiente. Esto es el resultado de una madre que les recoge todo a los príncipes o a las princesas. Ante esta situación no nos queda más que rendirnos y decirles que nosotros haremos la limpieza bajo algún tipo de arreglo económico que nunca se respeta. Por eso digo que sale caro buscar a alguien con quien repartir la renta. Nuestra salud mental no vale los mil o dos mil pesos que el marrano aporte.
El gran problema de la basura, su gran poder destructivo, es uno que nos distingue no solamente de los animales y nos separa de los compañeros puercos, sino uno que también evita que prosperen o que arruina las relaciones sentimentales con el sexo opuesto. Ellas lo saben bien: son, en su grueso estadístico, increíblemente más cerdas que los hombres. Increíble para quien no las conoce. Para quien no ha tenido hermanas. Para quien no ha rentado una casa de asistencia. Para quien no ha vivido más de ocho meses con una mujer. Lo más insultante es que a ellas les parece divertido un calzón mojado en la regadera y ven arte en la pila de trastes sucios. Un Kotex coagulado en el cesto es un cuadro de Mondrian. Diviértanse, rían todo lo que quieran, no importa. Llegará el momento de tener bebés, limpiarles la caca, recoger sus juguetes, todo se paga. Ese es el precio por no quitarse los calzones antes de bañarse y llenar de cabellos y sangre todo lo que tocan.
Mi objeción es síntoma de algo demasiado grave. Me tiene viviendo aislado. Mi departamento es una isla. Los libros alivian la soledad pero no es para tanto. Irónicamente la lectura solicita soledad, la escritura también, de manera consciente lo hacen. La puerta debe estar bien cerrada. Vivir lejos de las visitas. Dejar en claro que no las queremos. Pero, aun sabiendo lo que significa para un lector y escritor dedicado vivir con alguien, y con todo el riesgo que significaba, puse un anuncio en el periódico una vez: “Escritor busca compañera sentimental de dieciséis a veintiséis años, para algo serio, quizás después vivir juntos, no le pido mucho, solamente que le gusten los libros, me deje trabajar, y que preferentemente sea limpia.” Así fue que comencé a recibir algunas llamadas telefónicas en las noches siguientes, las hacían damas de todas las edades, aunque dominaban las cuarentonas románticas alcoholizadas, me usaban de línea contra la soledad y de descarga de confusiones; ellas me preguntaron no por mí, sino por el escritor, por el alter ego, y por la razón de lo particular del anuncio: “¿Por qué es tan importante la limpieza para ti, para usted?” Les explicaba con tono cansino que el solo asunto de la higiene podía separar un gran amor o el comienzo del mismo. Así que cuando varias de ellas se animaron a tratarme, como toda pareja nueva, primero fingían o cedían en hábitos y gustos que siendo coincidentes me parecían formidables (por ejemplo, si a mí me gustaba la cerveza obscura a temperatura ambiente, a ellas también, y si yo disfrutaba el vino frío, igual, incluso si a mí me encantaba despertarme tarde, resultaba que, o no me hacían ruido o ponían un pie debajo de la cama en cuanto yo ponía el mío); enseguida, luego de dormir conmigo algunas veces, y cuando posteriormente se mudaban, bajo el pretexto de compartir gastos, bajo el pretexto de que ya pasábamos demasiado tiempo juntos, enseñaban los colmillos, filosos, listos para despellejarme vivo. Un calzón suyo por aquí, un camisetita por allá, un cuadro de pronto hacía su aparición, súbitamente el espacio y el tiempo se encogían. La presencia de mayor masa en mi espacio lo curvaba. Comenzaba a sentirme apretado. Enseguida: “Vamos a mudarnos a un lugar más grande”. No. Esa no era la solución. Bien lo sabía Rubem Fonseca, el escritor brasileño, lo digo por aquél relato que escribió de la mujer que toma fotografías de su excremento junto a su amante. La caca los unía, la caca los separó.
Yo, les acabo de decir la verdad, las recibía en el departamento impecable. Mi departamento es modesto pero siempre procuro mantenerlo muy limpio. No estoy enfermo tampoco, tolero algo de desorden, pero cuando comienza a tornarse feo, arreglo las cosas. Una sacudida aquí, otra por allá, tender la cama, frotar la estufa. Guardar la ropa sucia, acomodar los libros. Lo acostumbrado. Barrer y trapear. Es mi espacio, tiene que estar bien. Pero enseguida viene la mutación, ya no tienes tu espacio, el espacio es de los dos. Podrías construir un estudio, pero ella encontrará la manera de invadirlo sacando una copia de tu llave en un descuido. (Esperando encontrar pruebas de tu infidelidad o simple y sencillamente porque a ella no puedes esconderle nada. ¡Son uno solo! ¡Entre ustedes no puede haber secretos! ¡No la hagas sentir excluida! Es tipo la simbiosis entre el traje malo de Spiderman y Peter Parker. Así ocurre que algunas veces se encuentran cosas que no hubieran querido saber de uno.)
Vuelvo. Ellas entraban y les agradaba estar en el pequeño y limpio mundo del escritor. No tenía nada demás. Nada de sobra. Libros, una computadora, la ropa indispensable, un par de mancuernas para hacer ejercicio, mi colchón. Un refrigerador con justamente lo que me devoro en la semana. Siempre he sido minimalista, la propensión a los muebles de las damas me parece una tortura. Cómodas aquí, armarios por allá, taburetes, mesas, sillas, mesillas, tocadores, percheros, grandes televisores, el mueble para el televisor, el mueble para la radio, el mueble para la computadora, escritorios, lámparas aparatosas, candelabros, sillones, sofás, vitrinas, accesorios para el baño, esponjas, rastrillos, cepillos, espejos, toallas grandes, toallas pequeñas, aparatos para masajes que no se usan, estropajos, sábanas, cobertores, edredones, almohadas chicas, almohadas grandes, almohadas especiales, bacinicas; me siento comprimirme nomás de escribir esto, parece que nunca tienen suficiente. El foso de inseguridad que son, que tienen, necesita no solamente reafirmaciones y atenciones múltiples sino también cantidad de objetos. Hay que regalarles objetos de vez en vez, memorias de los paseos y los viajes que hacemos, que no son memorias cuando nosotros los traemos, sino la exigencia del no te olvides de mí, la prohibición de olvidarla por completo cuando gracias a que no está volvemos a disfrutar de la vida. De este modo es inesquivo el dictamen: no hay espacio para tanta basura. Mencionemos la honorable excepción de la dama segura, que por lo regular es austera, y no estamos hablando aquí de María Félix ni Deepak Chopra. Esas doñas. Porque con damas de ese calibre y con su megalomanía aquí la petición es de palacios enteros para ocuparlos de tesoros exagerados, por ejemplo. No. La dama sin problemas también quiere deshacerse de la basura, y te bota si entras en la categoría.
Recuerdo que odiaba a mi madre por estas cosas del espacio mal utilizado. Nuestra casa era pequeña y siempre estaba metiendo más cosas ahí. Dormíamos en literas para ahorrar espacio, pero el espacio era exterminado enseguida porque ya tenía un librero y una lámpara con forma de muñeca aquí, una mesilla con una jarra de agua encima por acá, y baúles y cajones atiborrados de calcetines, zapatos, y ropa que jamás usaríamos. Las mujeres son recolectoras y piensan que con ello pueden evitar o retrasar la muerte, y por ello no se les da la limpieza. Batallan para tirar la basura. Las vuelve locas. Tienen que asignar un día para clasificar la ropa vieja de la nueva, tirar papeles, le asignan valor emocional a pendejadas como un lápiz o una escoba. Puedo decirles, sin ser exagerado, que me bastaba estirar la mano desde la litera para tocar cualquier mueble o cosa, incluso podía tomar un libro sin esforzarme mucho. De hecho practicaba este juego todas las noches desde la parte superior de la litera, jugaba a tocar cualquier cosa de la casa con el dedo gordo del pie o con la punta del dedo medio, o con cualquiera de las manos, al estirarme lo suficiente... siempre tocaba algo. Además nunca entendí porqué una cama debía tener tantas capas y yo quedar sepultado al fondo.
La cocina parecía cuarto de tortura de la Inquisición, estoy pensando en aquellos cuartos con picos por todas partes, había más platos que comida, aparatos que se usaban una vez al año, y afortunadamente no me tocó que mi madre fuera más esnob de lo que ya son las damas frente a otras damas, siempre fingiendo de una erudición sobre temas y objetos que no dominan, pues de lo contrario nuestra casa hubiera terminado como aquellas viviendas de tan mal gusto, con techo bajo y candelabro enorme, cabezas de ciervo en la sala, vitrinas atestadas de platos y copas que nunca nadie usaría, alfombras gordas llenas de escarabajos donde no se puede caminar, tapetes y tapetitos, cuadros y pinturas espantosos con marco dorado que intercalaban abominables fotografías familiares, un comedor más grande que el coche: aquellos donde cenar se convierte en una infamia con los niños gordos de la familia (que para sentarse a deglutir tienen que sumir la barriga porque el espacio entre el respaldo de la silla y la pared es de tan solo cinco centímetros), en fin, le agradezco al dios de las hormigas que mi madre no haya tenido ese tipo de tara mental. Esa lesión cerebral que se hace obvia enseguida del matrimonio en una pregunta que es reclamo: “¿Y los muebles?” Oír a una chica que diga: “Ahora solamente faltan los muebles” es enfrentarse a la pesadilla del valor del dinero. Al inicio y al final. Si fuiste tan hombre como para casarte o meter a vivir a una mujer a tu departamento, sé lo suficientemente hombre para comprarle los muebles o para soportar los que ella meta y se lleve cuando te deje. Para mí los muebles también son basura. Eso es lo único que quería decir. Son como los parientes, estorban. Si usted busca salud mental en alguien la descubrirá notando que esa persona es de pocos muebles. Cuando una mujer es segura y sin problemáticas mentales no pide nada, con dos botellas de vino y una culeada por noche queda feliz. No te retiene. No quiere que la recibas ni la visites ni le regales por obligación. Eso le parecería ofensivo, permitirlo humillante. Ellas son el cinco por ciento de la población, así que es poco probable encontrarse con una. Menos en México. Aunque si viajas un transexual canadiense podría hacer el truco.
Las gentes, es correcto, que acumula papelitos, muebles, amistades, fotografías, como si el espacio y la vida nunca fueran a terminarse... realmente convierte su vida en un completo basurero. Nunca debes tener más amigos de los que pudieras soportar dentro de un baño de hotel de paso mientras te das una ducha, es una máxima que la gente que no tiene problemas con la basura o que no sabe controlarla suele desobedecer diariamente. Meten y meten personas a su vida sin ningún criterio discriminatorio. No todas las personas son iguales, algunas consumen más tiempo y dinero que otras y te dan poco o nada a cambio. Si las vas a tener cerca es porque las quieres, las gozas, y no les vas a pasar la factura luego. Pero debes poseer un criterio para saber cuáles de estas personas son basura o contaminantes, y cuáles son enriquecedoras. Algunas veces se necesita ser muy sabio para recoger las perlas de la vida, como en la versión cinematográfica de La vida inútil de Pito Pérez, donde el personaje hambriento de sabiduría que interpreta Soler sabe que vale la pena comprarle una botella a Germán Valdés, alias Tin Tán, alias Pito Pérez, para que le cuente su existencia, que de inútil nunca tuvo nada.
Ahora veo que es cierta a veces la teoría obsoleta de Freud, quizás todo este problema con el desecho comenzó con mi madre. Mi memoria rescata algunas tardes abominables cuando encontraba sentada a una perfecta desconocida en la pequeña salita de la casa tomando café y devorando Canelitas, salita que estaba abarrotada de idiotez y media —pobre de mi madre, era insegura y de gusto provinciano—, y a menudo la presentación resumía lo mismo: era una “nueva amiga” que mamá había conocido en el mercado, en la iglesia, en la tienda, en la calle, o esperando un taxi o la pesera. De este modo siempre había alguien en la casa pidiéndole a mi madre que le hiciera un pastel, que le arreglara la ropa, que le confeccionara un vestido para su niña, que le ayudara a aprender a leer al hijo ajeno, que cuidara a este otro, nunca faltaba un préstamo de aretes, de sus pequeñas joyas, de dinero, ni modo hay que decirlo: el exceso de visitas no es cristiano, es basura. El exceso de parientes que piden y no dan, también. La basura te puede robar la vida, es una cuestión de aritmética, quizá también de geometría.
Saquemos la cuenta de manera sencilla con el manejo de la basura real, enseguida podríamos revisar la cuenta metafísica que es la que nos sale más cara. Los minutos que uno emplea clasificando lo que es basura de lo que no lo es ya es bastante tiempo. El viaje al basurero es oro puro también. Eso en cuanto al sentido inmediato. Por eso muchas personas se han hecho millonarias manejando la basura de las personas, basura nunca va a faltar y todo el mundo quiere que le ayuden a deshacerse de ella porque no sabe cómo hacerlo ella o de plano le parece una tarea desagradable. Basura, nos dice el diccionario María Moliner, es: “Suciedad o conjunto de desperdicios de cualquier clase, como los que se hacen a diario en una casa, las cosas viejas que se tiran al hacer la limpieza”. Pero también señala que: “Desperdicios, escombro, inmundicia, persona o cosa despreciable, se usa en aposición para indicar que algo es de mala calidad”. Así que ateniéndonos al sentido estricto tenemos mucho qué hacer diariamente. La basura nos quita el tiempo. Desgraciadamente, y lamento decir esto, las personas que tenemos repudiada a la basura no estamos exentas de ser usadas como basural. Es decir, no nos salva tener agudizada la bendita intolerancia contra todo lo que huela a desperdicio o a pésima calidad. Por ejemplo, cuando se me ocurre visitar a mi padre unos minutos, usa mi cabeza como basural o bacinica. Yo todos los días limpio mi cabeza de basura (expulso rencores, malas memorias, paranoias, ideas inservibles, pensamientos nefastos, imágenes desagradables, palabras hirientes, etcétera) y cuando ya está todo perfectamente limpio tengo un encuentro con mi padre que abusando de mi oído me suelta un rosario de quejas que, equivalen, a como me dijo mi amigo Carlos de Lara, a que alguien te tome de la oreja, pegue sus nalgas en tu oído y te suelte un chorro de excremento directo al interior. Oír quejas no es bueno, aceptar oír quejas va en contra de uno, equivale a dejar que alguien se zurre en tu interior impunemente. Y pobre de uno si rechaza esos encuentros o a las personas que quieren llenarnos de basura o cagarse en el suelo limpio de nuestra mente. Porque claro, está el argumento sentimentalmente chantajista de muchas personas que dice: “Solamente quiero que me escuches, ¿es mucho pedir?” Esto traducido quiere decir: “Oye qué malo eres, ¿por qué no me dejas cagarme en tu mente? En serio, ellos piensan que están bien e incluso si tus familiares o amigos se enteran de que te negaste a oír a tu tía, a tu tío o a tu padre, te acusarán de ser una mala persona por no darle atención a una persona que solamente quería comunicarse contigo. No es cierto. Alerta. Esa persona está buscando cagarse en tu interior. Comunicarse es otra cosa, es compartir intereses y la experiencia profunda de una sintonía, no la asquerosa sensación de haber sido bañado con melaza o aceite de motor. Aléjate. Te lo recomiendo. Recuerda que la mayoría de las personas que tú conoces como adultas, no son adultas en realidad, no han aprendido a resolver sus problemas por su cuenta. No hacen meditación o yoga como yo para deshacerse de su basura, para ellos es más fácil jugar a la roña existencial, en este juego perverso y viciado todo el mundo va diciéndose: “¡Éjele, tú la traes, ya te la pegué, lero, lero, calzón de cuero, pícale, pícale!” ¿Y a dónde se va toda esta basura?” ¿Al limbo? A alguna parte se tiene qué ir, ¿qué no? Lamento decírselos nuevamente pero toda esta giña se va directo a los seres de paz que no lograron escaparse. Todo se va a los basurales vacíos. A la gente que sabe deshacerse de la basura mental. Ellos, pobres, son los depositarios de toda esta energía negativa del mundo. Sin ellos, el mundo se derrumbaría. Por esta razón tan fácil de comprender, aprendí a fingir cara de insatisfacción y agobio antes de poner un pie en la calle, es una señal innegable para el tirador de basura de que en nosotros ya no cabe ninguno de sus desperdicios. Esto es mil veces mejor para usted sin importar que digan que es usted un amargado, es preferible cien mil veces a recibir toneladas de mengambrea todos los días. Esto es cierto, me gustaría apostarles a que mi padre ya me está esperando para volver a cagarse en mí. Y si le saco la vuelta les aseguro que correrá para pronto con sus hermanas a decirles que soy un hijo ingrato porque no lo dejé aventarme en la jeta toda su insatisfacción por la vida. Esa es la verdadera ley de la energía: siempre que usted mira por televisión un líder asesinado es lo siguiente: una persona infeliz mata a una feliz, una persona obscura destruye a una brillante, un ignorante acaba con un culto, un belicoso extermina a un hombre de paz, un feo le arroja ácido en el rostro a una beldad. Nunca es al revés, la obscuridad siempre busca a la luz para apagarla.
Cuando mi cara de paz era evidente, por ingenuo, todavía no sabía como funcionaba el mundo, me tocó algo curioso. En un bar se acercó una norteamericana a abrazarme. “Eres un ángel”, me dijo. Al pedirle una explicación de su acto, me explicó que reflejaba tanta paz y limpieza en mi alma, que quiso abrazarme, sentirme, para tener eso de mí, en sí misma. ¿Por qué mejor no me dijo?: “Hola, vine a cagarme en ti”. Claro, esa ocasión no fue tan mala porque solamente se trató de un abrazo y tengo la capacidad de neutralizar los pequeños encuentros negativos. Ella no comenzó a visitarme cada noche con un seis de cerveza o una botella de vino como pago por escuchar tres o cuatro horas de excremento concentrado, que yo creo me dejarían temblando de fiebre viernes, sábado y domingo. Me llegaba gente repleta de veneno en aquellos tiempos. Pero de menos estaban conscientes de que nada es gratis en esta vida y me intentaban consentir con un seis platicador por su transferencia de excremento. (Tengo un pariente que siempre que trae algo que lo agobia o que lo está llevando al carajo me llama y me dice: “¿Qué te parece si nos echamos un seis platicador”. Esta frase ya me está diciendo que se peleó con su esposa, que anda peleando la herencia con su hermano o que algo lo trae frustrado. Como existe algo de afecto algunas veces le acepto el seis platicador y otras veces no.) Y bueno, ahora que llegamos al tema de las transferencias, debo decir que esto de las energías que manejamos los masajistas, porque también soy masajista, no es otra cosa más que transferencia de basura. El masajista se carga de toda la basura de la otra persona y por ello se gana treinta y cinco dólares. Se supone que el masajista sabe cómo deshacerse rápido de la energía negativa que le han transmitido, el masajista es una especie de basurero municipal con la última tecnología para deshacer y triturar latas, palos y hasta huesos de perro y jabalí, en caso de que hubiera jabalíes en este desierto, ignoro la fauna local. Por eso la gente queda tan agradecida y cuando se levantan de la mesa lo ven con los ojos dilatados y marihuanos a uno, casi como a un santo.
El psicólogo también es una bacinica profesional como el masajista o el editor o el escritor, todos son cagaderos con título u oficio. Basural, cagadero, da lo mismo. La gente va a tirar sus desperdicios en ellos. Seamos open minded. Todos lo hemos hecho. Todos hemos tenido aquella persona que nos importa un rábano pero que frecuentamos porque podemos copetearla de diarrea impunemente y luego largarnos a gozar la vida. A un amigo de verdad nunca le haríamos eso. Esto, ahora que lo pienso, debería ser un crimen, sin embargo, todavía no lo es. Yo, y me da pudor decirlo, durante un tiempo pagué a una psicóloga para sentirme bien, fue en un tiempo en que no podía deshacerme de la basura más que por este medio y como tenía algo de dinero pues, pagaba. Es un remedio de millonarios éste, junto con los masajes. La gente de dinero acumula mucha mierda y con una sesión de psicoterapia los lunes, y un masaje los miércoles y los viernes, tiene todo lo que necesita para ser feliz. Porque sentirse feliz no es otra cosa más que la ausencia de neurosis. Y si necesitan que les explique porqué editores y escritores son cagaderos antes de pasar al siguiente párrafo les diré aquí la razón: porque el editor recibe mucha basura, se somete a la lectura de ella y tiene qué ser experto no solamente en deshacerse de la misma sino en nombrarla como tal; el escritor, qué va, ese es el peor de todos, necesita tener estómago y nervios de acero para poder someterse a todo el proceso de investigación vivencial que supone recolectar de entre la vida toda la basura digna de contarse (eliminarse por esta vía), los escritores lloricones tienen que encerrarse en su torre de cristal y pocas veces han salido obras maestras de este encierro. Los escritores resplandecientes de felicidad tampoco son muy buenos. El escritor debe estar frustrado, si no como escritor, sí con el mundo como es. Pero lo más importante, como dije, es su habilidad para volar sobre el pantano y salir con las alas llenas de giña. Si no me creen vayan a la frase célebre de Hemingway: “La cualidad más esencial para un buen escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes”. Podríamos irnos a otras profesiones. Al policía honrado se le paga por limpiar las calles de la escoria, de la basura de la sociedad. Al abogado porque la vuelva a reinsertar. Al vendedor se le pagan sus comisiones no solamente por su habilidad para lograr una venta, sino por su capacidad de soportar toda la basura que le avientan encima los clientes sin reventarles los dientes. El vendedor es un torero de la basura. La mueve de un lado a otro buscando finalmente no quedarse con ella. La barre de un lado a otro. Si no se sabe la maña andará enojado todos los días. Existen trabajos de excepción, como cuidar de delfines en un parque acuático, regar las plantas, hacer jardinería, esos son trabajos saludables y hasta terapéuticos libres de basura. Pero a final de cuentas a los más desafortunados de nosotros se nos paga por tener algún tipo de trato con la basura. Y por supuesto, es de mala educación llamar a las cosas por su nombre. Creo que en otros tiempos uno podía recibir una nota de rechazo —estoy pensando en Huberto Batis— de cualquiera de sus textos que dijera así: “Lo que usted escribe es basura [por las siguientes razones...], vuelva a intentarlo más tarde”. Sin que nadie se sintiera insultado ni se rasgara las vestiduras. Formaba escritores fuertes porque los editores eran seguros. Ahora los editores son, además de soberbios, pedantes y déspotas, sangrones y maricas. Estoy pensando en: “Por favor, quítame de tu lista de contactos”. Todos sabemos que el editor debe publicar el texto que vale la pena sin importar si el autor le cae mal o si tuvo problemas con un amigo. Ahora estoy pensando en Jaime Cháidez de Tijuana que dejó de publicarme porque le pedí con insistencia una factura, o en Humberto Melgoza de San Luis Río Colorado, donde mi desaparición del semanario fue por cuestiones económicas y por la petición de una triste credencial. Ni siquiera la columna de despedida quiso publicarme, tuve que sacarme la basura de la cabeza demandándolo. Ese trato me dio y siendo camaradas. La relación se fue a la basura.
¿Pero qué sucede con los pobres? La gente pobre tiene que jugar a la roña, comenzando con la vecina o con quien se deje. No es una casualidad amigos lectores, que en los barrios pobres, en las vecindades, en las cuarterías, predomine el chisme venenoso y las malas vibras. Esto es parte de la naturaleza de la pobreza. El pobre no tiene vida propia, no está realizado, vive su vida a través de los demás, no solamente a través de sus personajes favoritos de la caja idiota o el cine. Toda esa frustración debe irse por algún lado. Las vecindades y los edificios de departamentos humildes son enormes fábricas de frustración, los pistones y los engranes trabajan a toda velocidad para producir toneladas de basura humana. Se los digo con conocimiento y no por prejuicio. Como escritor siempre debo vivir en departamentos baratos, en sitios humildes, y estos barrios son detestables porque la vida privada no existe. Si alguien te visita todo el mundo se entera y debes caminar en zig zag por la colonia para que nadie te pregunte quién estuvo en tu casa. No puedes sentarte a conocer a las personas del barrio porque no son personas, son fábricas de insidia y cianuro. Por eso es tan difícil salir de la pobreza estando enmedio de ella, porque a los pobres no les gusta que nadie abandone su club, aunque tienen la principal herramienta para cambiar su situación que es la frustración. Como me dijo mi amiga, y abogada distinguida, Marla Sabrina Félix: “Si tienes las energías suficientes para quejarte, entonces también las tienes para cambiar las cosas”. La indiferencia es más peligrosa y más inútil que la frustración. Por ello los gobiernos de los pueblos dominados siempre temen a que esta frustración se torne en acción y por lo mismo eliminan cualquier agente que les permita transformar el veneno en flores. Sin embargo, como veremos más adelante, la frustración bien administrada no tiene tope, es como un agujero negro. Casi ningún candidato a triunfador sale de ella.
“No critique, no condene, ni se queje”, decía Dale Carnegie en su famoso libro Cómo hacer amigos e influenciar a las personas. Esto va con relación al párrafo anterior. Cuando leí este libro yo era muy joven y era un vendedor exitoso de calzado para dama. Compré el libro con la intención de ayudarme en las ventas y hacer la política necesaria cuando uno conversa con los clientes. Sin embargo, mi lado de escritor repudiaba esa frase de Dale. “No condene, no critique, ni se queje”, porque, supuestamente yo, según mi criterio, condenar, criticar y quejarse tenían un valor inestimable a la hora de atacar al gobierno o a la sociedad. Por ejemplo, condenar, criticar y quejarse de la Iglesia católica públicamente en algún periódico. Era un típico ejemplo que se me venía a la mente. Soltar toda nuestra basura acumulada contra la Iglesia debe ser muy placentero, especialmente para los escritores anticlericales, que no me considero uno de ellos a pesar de todo mi ateísmo. Soy nada religioso, me encanta combatir a las religiones, pero no tengo nada especialmente en contra de los católicos y curitas, todas las religiones me parecen igualmente en detrimento de la mente y el progreso humanos. Son una basura de la cual todavía no nos hemos podido deshacer, ya que estamos con el tema. El Estado secular todavía no logra barrer de su sociedad a la religión, los maestros seculares no han logrado barrer fuera de sus aulas la superstición y el adoctrinamiento religioso recibido por sus alumnos. O les faltan cojones o cuando los tienen los corren de la escuela. (Creo que promover el librepensamiento y el entendimiento de la libertad de expresión en mis alumnos fue una causa de mi despido, de hecho ese fue mi castigo por ejercer mi derecho a la libertad de expresarme, el despido.)
Pero regresemos a mi época de vendedor de zapatos. En aquellos años mozos no lograba darme cuenta del valor del consejo de Carnegie ni que nos estaba alertando de que condenar, criticar y quejarse era un arma de doble filo porque si públicamente podía llevar a las sociedades a cambiar sus circunstancias al generar crítica, condena e insatisfacción, también se corría el riesgo de solamente provocar la ilusión de que había cambio y de que se estaba gozando de libertad. Algo en lo que son maestros los gringos. Todo el mundo se imagina a Estados Unidos como la sociedad más libre de todas porque se dice cuánta madre y media en los medios y el cine, pero es una fórmula muy básica, engañosa y sencilla. Solamente es: “Déjalos que digan lo que quieran, mientras nosotros estemos sacando ventaja”. Y eso exactamente es la libertad de expresión en Estados Unidos: una válvula de escape para esclavos modernos. Puedes quejarte todo lo que gustes sobre lo tonto que es que te multen por cruzarte la calle por enmedio cuando no hay coches, o por hacerle ruido al vecino, o la absurda ley de que puedes ser novio legalmente de una menor de edad mientras no la penetres... o las intromisiones en oriente medio, etcétera. Lo que digo es que mientras exista esa válvula de escape, no pasará nada. Lo saben bien los maridos que dejan que la esposa grite cuanto quiera, ellos seguirán caguameando y llegando con lápiz labial alrededor del pene. O viceversa, ella puede regresar con atole en el cachamocos.
Esto lo sabía al dedo Dale Carnegie, por lo mismo te estaba aconsejando: “Contente”. Contente de toda esas ganas de criticar, condenar y quejarte de tu vida o de la de los demás y tarde o temprano comenzarás a hacer algo para cambiar las cosas. Y esta es la más elemental de todas las verdades para comenzar a vivir una vida provechosa. Y esto es lo que nos pasa con la basura. O la tiras de verdad o te haces indiferente a ella. Recuerden lo dicho: el peligro más grande es la indiferencia. Pondré un ejemplo mejor. Los platos. Los platos sucios. Me disgustan especialmente. Me parecen el correspondiente a un grupo de gusanos encima de un cadáver. Si yo, viviendo solo, me pusiera a criticar, condenar y quejarme de los platos sucios, cada vez que pasara enseguida de ellos, es decir, si cada que los observara me soltara diciendo: “Pinches platos sucios de mierda, como los odio, ojalá desaparecieran un día de mi vida, ¿no les da vergüenza hijos de la chingada, estar tan mugrosos? ¡Ya estoy esperando el día que se laven solos!” Si yo hiciera algo así, entraría dentro de la categoría de un loco, que es más o menos la categoría en la que se encuentran todas las personas que se la pasan rumiando la vida de los demás y que no dudo en este instante ya se les vinieron a la mente algunos ejemplos a ustedes. Respecto a la vida de los demás no es sana este tipo de actitud y sin embargo la encontramos en parientes, amigos y vecinos. En la vida social, si algo nos molesta, nos toca ver si nos corresponde a nosotros cambiarlo o entonces sí, hacernos amigos de la indiferencia. Lo contrario es de locos. Sigo con el ejemplo de los platos. Si yo viviera al lado de alguien que dejara los platos sucios todo el tiempo, me queda una de dos: a) esperar que criticándolo, condenándolo o quejándome de él continuamente cambie su proceder y se ponga a lavar su cochinero; b) comprender perfectamente que toda mi crítica, toda mi condena y todas mis lamentaciones no lograrán que mi compañero de habitación cambie porque es un conchudo. La opción “a” nos posibilita educar al marrano, la opción “b” solamente nos da dos salidas: nos ponemos a lavar nosotros los trastes o la separación: cada cual por su lado. En este constreñido ejemplo está toda la vida individual y social del país, y lo que es sano de lo que no lo es. Discernir es la palabra clave aquí. ¿Qué nos toca hacer a nosotros realmente y qué le toca a los demás? ¿Esta basura es mía o es de los demás? Take care of your garbage.
Desgraciadamente somos mexicanos, y aunque yo no soy así, todo el tiempo voy a estar atestiguando que las personas se sientan con el derecho de decirle a los demás cómo deberían vivir, qué pueden y no decir, mientras sus vidas son una verdadera porquería carentes de acciones positivas. Yo no necesito más de dos minutos sentado con un pariente para que me diga en qué debo trabajar, cómo debo vender, escribir y vivir, y en resumen: en qué la he cagado. Los individuos se ocupan de la vida de los demás para no ocuparse de la propia. Les brinda la sensación de ser útiles. Y cuando tienes éxito seguramente se los debes a ellos. Sin embargo, soy de los pocos ilustrados y avezados que no vive pegado a mamita o a papito usufructuando sus recursos y además pago mis cuentas. Hace tiempo que dejé de ser un niño mamador. Vivo al día pero no soy mamador de teta. Ocasionalmente, cuando la vida me penaliza por flojo o borracho, le pido cien o doscientos pesos prestados a mi padre quejoso, a un amigo más afortunado, o a una mujer caritativa, pero no es como estarles degollando.
Por eso Dale Carnegie nos dice NO CRITIQUE, NO CONDENE, NI SE QUEJE, y yo completaría: DE ESTA MANERA UN DÍA LLEGARÁ USTED A ESTAR TAN LLENO DE BASURA QUE VA A ARREMANGARSE LA CAMISA Y SE PONDRÁ EN ACCIÓN. Lo que en mi pequeñito ejemplo de los platos quiere decir: un día llegarás a estar tan harto de ver los platos sucios en el fregadero que te pondrás a lavarlos. Eso es. Eso es todo. Ni más ni menos. A mí lo que no me gusta, si está en mis manos, yo lo cambio a que me guste. Pero le digo, mientras usted le siga prestando el oído a su padre, a su madre, a sus hermanos, a su novia, esposa, tía, primos, vecinos o compañeros de trabajo, para que suelten toda su basura, mierda, bazofia, excremento, porquería, o como le quiera llamar, poco favor les hace: ellos seguirán atrapados en su mediocridad e inmundicia. Inmediatamente después de cagarse y limpiarse con usted se van a sentir tranquilos por dos o tres días y no van a hacer nada en su provecho. Observe que cualquier libro de autoayuda que realmente funcione va a ser impopular porque le va a pedir, va a hacer hincapié, en que se haga cargo de sus propios problemas y que deje de lloriquear como una pinche perra maricona. Hágase cargo de su propia basura, le dirá en concreto. Mande a la verga a los demás. Deje que aprendan a manejar su basura. Así, sin rodeos. Y nadie quiere hacer eso, es más sabroso criticar al primo. Eso da aires de superioridad. En serio. Haga el experimento: comience a marcar su línea entre lo que es su basura y lo que es la basura de los demás. Arregle su basural y rechace la basura ajena. Una verdadera rebelión se tornará en contra de usted. Son legión los que se benefician de cagarse en usted. Por no aceptar basura ajena usted será llamado: “egoísta”, “desconsiderado”, “amargado”, “loco”, “mal hijo”, “canalla”, etcétera. Lo juro: a Frank Sinatra le rompieron la nariz por ello.
Por eso, mientras yo tuve dinero y pensé como mexicano pagué mi psicoanálisis y una puta los fines de semana para relajarme. En la forma de deshacerse de la propia basura se conoce a la gente. Existen deportistas admirables, por ejemplo, que en cada patada al balón o en cada golpe a la bolsa de boxeo sueltan los más robustos cerotes anímicos de su vida. Casi puede uno ver como se desplaza el trozo de mojón desde el hombro hasta salir por los nudillos y explotar en un jab o en un gancho de antología. Sin embargo, hay un desgaste de energía tremendo. Afortunadamente no se están deshaciendo de sus mojones en otra persona. Algunas personas masturbándose como changuitos llegan a la meta. Otros, contratan a una secretaria.
En fin, creo que el tema de la basura no tiene tope. Podríamos extendernos hablando de que lo que para unos es basura, para otros es oro molido, como la cocaína. Para muchos y (muchísimas), un narcotraficante o un lavador de dinero puede ser un gran señor de la sociedad o lo que en verdad es: una perfecta mierda de ser humano que superpone o antepone su comodidad y bienestar económico por la salud, la seguridad y la felicidad de otros individuos, de familias enteras quizás, con hijos despellejados, descabezados, enviciados, asesinados sin deberla ni temerla o abusados por las corporaciones e instituciones que con su dinero sucio corrompen. Esta confusión tan propia de nuestro México y nuestros tiempos también la sufren la literatura y los escritores, porque para algunos la literatura es basura comparada con libros religiosos como La Biblia, una mala influencia, una pérdida de tiempo, y los escritores considerados como completos zánganos inútiles enloquecidos sin propósito en la vida. Otros, más educados, verán en la literatura la mejor fuente de sabiduría, de luz, y sobre todo, el artefacto maravilloso, civilizador por antonomasia, capaz de mostrar mejor que cualquier libro “sagrado” los grandes dilemas morales a los que se enfrenta el ser humano y con gran belleza. Estos pocos verán a los escritores como hombres sabios a los que se les debe tanto por sus luces.
Confundirnos con la basura es fácil porque viene en distintas presentaciones como sugerí antes, adopta todas las formas posibles, hay conversaciones, viajes, momentos, libros, películas, mujeres, hombres, coches, alimentos, aparatos, cosméticos, ideologías, filosofías, artistas, vinos, cervezas, religiones, sacerdotes, revistas, que son basura. Por eso es mejor detenernos porque corremos el riesgo de la dispersión. Mañana será otro día. Es tiempo de dejar una recomendación: deshacerse de la basura de manera sutil requiere de astucia. Algunos de nosotros lo hacemos de forma artística. Como por ejemplo, cuando yo me siento a escribir historias o ensayos como éste, los mando por e-mail a mis contactos y nadie se da cuenta sino hasta el final de que en realidad me estaba cagando en ellos mientras me leían.
¡Roña!






Fecha y lugar de elaboración final:
Del miércoles 11 de mayo al viernes 1 de julio de 2011.
Mexicali, Baja California, México.

Caducidad:
Primero tiene que convertirse en vigente para caducar algún día. ¿La fecha límite? Quizás cuando el Sol se convierta en una gigante roja y destruya la vida en la Tierra. Todos vamos a morir para siempre. Un día no sabré que yo escribí esto. Un día no seré más. Así como ustedes. Por eso haga de este mundo uno mejor y no un basural.
26/12/2012

 

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