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El error del milenio
Por Jaime García Chávez.-Al parecer Hegel y Marx erraron; la historia no es algo que se toma por asalto para construir, a partir de hechos indefectiblemente trazados y determinados, un porvenir de progreso perfecto. Cien millones de seres humanos aniquilados por la escolástica soviética no son un recuento feliz de una gesta humana hacia la perfección y solidaridad, sino más bien la prueba irrefutable de que el PCUS cantó, sin duda y con vehemente fuerza, la cólera de Lenin. En esta barbarie cualquier idea de progreso no solo es imposible sino que dista mucho de ser civilizatoria, aunque siga siendo histórica y, por ello, sujeta a revisión desde distintas perspectivas.
La Historia no es dialéctica en su devenir, aunque sigue siéndolo en sus contradicciones: ese conjunto de eventos entrópicos que pretenden conjurar el caos de un sistema para devolverle un precario equilibrio. La Historia es, más bien, una serie de sucesos que se agolpan convidados por el azar, la voluntad –las más de las veces caprichosa- de las y los seres humanos y la fatalidad. Sucesos que vistos a distancia, son contados e interpretados. En este sentido, la Historia semeja muchísimo al psicoanálisis y a la literatura; de esta última, en particular, solo difiere en cuanto al umbral de verosimilitud que es exigido para cada una.
La Historia, pues, nos ocurre a cada momento aunque no vaya a ningún lado, ocurre aunque más parezca la crónica del extravío total de la humanidad. Es un abismo abierto al que sucumben nuestros hechos y nuestras tragedias personales y colectivas. Es un recuento, tal como lo diría Edmundo Valadés, poblado otra vez por millones de hombres, […] por casas, por risas y lágrimas. Por todo eso que es la vida.
La Historia es una sucesión de eventos que adquiere su mayor significación cuando es revisada por el ojo impasible –hasta cierto punto- del historiador y adquiere su mayor verdad cuando es examinada por el ojo implacable del literato o del poeta. Nada es más cierto que el arte.
La condensación que se logra a través del lenguaje literario, cuando es usado con oficio y solvencia —este es indiscutiblemente el caso en la obra de Daniel Espartaco que tuve el placer de leer— nos permite adentrarnos en los hechos históricos con una perspectiva íntima, entrañable, donde la tragedia humana es subjetivamente universal. La mirada del literato no es estrictamente –no necesita serlo, por lo demás- objetiva, la mirada del literato es implacablemente piadosa, en el mejor sentido del término.
Daniel Espartaco decide mirar a la generación que le precedió y su paso por el mundo; en particular, examina su huella en la vida de sus hijos. El juego temporal le permite mostrarnos los dos universos, puestos, contrapuestos, contradictorios y comunes. Así es siempre el universo paternal respecto del universo de los hijos. La crónica perpetua de las relaciones amor-odio, que coinciden y se tocan en los puntos de mayor confusión: qué tanto del padre queda en el hijo en la conflagración, qué tanto el hijo aprende en su padre a odiar algo de sí mismo, qué tanto el padre ama en el hijo algo de sí mismo, dónde empiezan el uno y el otro. La presencia del cigarrillo en el libro parece ser una constante metáfora de ese encuentro-desencuentro. La necesidad del abandono y la distancia, por un lado, y el apego irredimible, por el otro.
Adquirir una voz propia en medio de la resonancia de la voz paterna, no solo ha sido conflictivo para los “pañales rojos” –término con el que se designa a los hijos de los comunistas- sino para los hijos e hijas de cualquier padre unido fuertemente a sus convicciones o a sus contradicciones autodestructivas. Toda generación comienza su paso por la historia mediante un asesinato ritual, aunque ese asesinato sea fuente de profunda desolación y nos coloque en terreno pantanoso.
Cuando nuestra generación asesinó a los dioses de sus padres, quedó una utopía poderosa cultural y civilizatoria a qué aferrarse, tal como la describe Daniel Espartaco y la pensamos muchos. Todos y todas perdimos algo y sacrificamos algo, pero teníamos frente a nosotros y nosotras una nueva fe, un nuevo destino, una certeza por lejana que pareciera.
“El error del milenio” habla por los muchos que murieron, de ellos queda la insignia del personaje el Diablo, que nos describe el escritor en la figura de Clint Eastwood, transpirando su vasta influencia de una cultura compleja cinematográfica. No deseo ahora ocuparme del tema. Algunos se aferraron a esta nueva moral de forma fanática y carente de autocrítica, parecían no oír los ecos del GULAG emitidos desde Lenin hasta Andropov; creyeron vehementes en un internacionalismo proletario que les permitió ver románticamente tanto a Mao Tse Tung –a pesar de la Plaza de Tian’anmen- como al marxismo albanés, y negaron los excesos autoritarios de Fidel Castro. Para ellos, la caída del muro representó la caída de su razón de existir y llegaron la indolencia y la depresión profunda e irremontable. Otros, pretendieron que nunca habían estado ahí y eligieron el camino de la negación, para inscribirse de lleno en el nuevo orden mundial, aniquilando –por venenoso, desde su perspectiva- su pasado y lanzándose ignominiosamente contra todo aquel que ose recordarles que no empezaron en Villa Coapa.
Ambos vivieron lo que Magris llama, la tragedia humana más tortuosa, la de quien salda cuentas a fondo con su propia debilidad radical, con su inadecuación en la vida y en la historia, combatiendo para transformar la impotencia en dignidad; tragedia del silencio, del olvido, de quien –tras haber vivido un momento fuerte- está obligado, por lo demás o por sí mismo, a cancelarlo y a cancelar su propia persona, amortiguándola en una apagada grisura, que se convierte en un refugio.
Otros y otras eligieron el camino de la izquierda reformada y se sostuvieron en la utopía democrática; confusa, inasible e indefinida que sigue dando pasos tambaleantes y oscila entre las viejas y las nuevas formas.
Cuando nuestros hijos cuestionaron nuestro utopía, ya carentes de dioses, quedaron profundamente solos, viviendo una soledad ontológica adherida a las paredes de sus venas, una serie de nostalgias confirmadas por un mundo que está muy lejos de responder a los sueños de sus padres y que pareciera dejarlos sin referentes. Pero esto es cierto para un grupo enorme de jóvenes y no solo los nacidos en “pañales rojos”; la ausencia de certeza es el sino de nuestro tiempo. La utopía de nuestra época es la cancelación de la utopía; una necesaria resignación aderezada con la frivolidad hedonista y el impulso corto tan convenientes para la sociedad de consumo —Verdú la denomina capitalismo de ficción— que pretende, más que nada, consumir al propio ser humano. A los necios nos queda resistir. Resistir desde el arte, como sugiere Eduardo Milán; exigir al arte la devolución de nuestra dimensión espiritual, de nuestra creencia de que la humanidad merece un destino mejor.
En esta lógica de resistencia, celebro el libro de Daniel Espartaco, lo celebro como se debe celebrar el nacimiento de una obra artística y, por ello, sagrada, en el exacto sentido del término. Sagrada por nuestra, por humana. Lo celebro con toda la reverencia que me permite mi espíritu y mi razón, unidos en tanto convocados por una obra de arte. El libro que tuve en mis manos lo confirma: no hay dioses o al menos parecen indiferentes -¿será que la confusión y la fatalidad son platillos humanos?-; no hay súper hombres, hay más bien hombres y mujeres precarios, deambulando como sombras, frágiles, asustadizos, intentando fingir que la trascendencia es posible y que la muerte no existe, o al menos no sabe igual. Hombres y mujeres que se hermanan en la tragedia humana, aunque esta se siga repartiendo en forma tan desigual.
La utopía no ha muerto; no, mientras el arte persista con su terca necesidad de recordarnos que, nos guste o no, seguimos siendo uno y el mismo. Ese títere cuyos hilos representan un destino frágil, pero también la voluntad de entrelazarnos, de responder a algo más profundo que la mera satisfacción de corto alcance.
Soy un buscador: creo que, como Daniel Espartaco lo insinúa, es el momento de las batallas pequeñas, personales, de la resistencia desde lo simbólico, desde todos los frentes, desde las opciones diarias. Es el momento de repetir como un mantra la frase de Hölderlein: dónde el peligro crece, crece también lo que salva. Momento de aferrarse a los sueños de los locos que siempre serán más hermosos que los de los sabios.
Nota: Texto con el que presenté el libro “El error del milenio” el pasado 29 de marzo de 2007 en la Quinta Gameros de la Universidad Autónoma de Chihuahua. La obra es del joven escritor Daniel Espartaco Sánchez Vargas, nacido en 1977 en la ciudad de Chihuahua y quien ya tiene una bien ganada reputación de figura clave de la nueva literatura mexicana, como bien lo acredita el haber obtenido el Premio Nacional de literatura Gilberto Owen en el año 2005. “El error del milenio” circula con el número 12 de la Colección Anaquel, dirigida por Edgar Reza, de la Universidad de Guanajuato. La obra consta de seis cuentos y un epílogo.
8 abril 2007
26/04/2007
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“-Me parece que se han calmado tus ideas políticas.
-efecto de la edad –dijo el abogado.
Y resumieron su vida.
A ambos se les había malogrado.
Al que soñó con el amor, y al que soñó con el poder.
¿Cuál era la causa?
-El no haber seguido una línea recta quizá.
-Para ti es posible.
Yo, por el contrario, he pecado por exceso de impulso rectilíneo,
sin tener en cuenta mil cosas secundarias,
más fuerte que todo.
Yo he tenido demasiada lógica,
y tú exceso de sentimiento.
Y acusaron de todo al azar,
las circunstancias, a la época en que nacieron.”
Gustave Flaubert |
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